Los números de 2012

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2012 de este blog.

Aquí hay un extracto:

The new Boeing 787 Dreamliner can carry about 250 passengers. This blog was viewed about 1.200 times in 2012. If it were a Dreamliner, it would take about 5 trips to carry that many people.

Haz click para ver el reporte completo.

SON CUATRO PIEDRAS

images-1La lectura matutina de un periódico resulta siempre un placer que, en ocasiones acaba en pesadilla. Hoy es uno de esos días. Aún me queda la esperanza, sin embargo que dado la fecha, se trate de una broma de mal gusto. Sin embargo, si tenemos en cuenta el lugar geográfico que ocupamos (España – Castilla y León), no hay más remedio que creerlo.

La noticia, cuyo texto sería digno de los mejores esperpentos de Valle Inclán, es el anuncio de la destrucción de la cabanna de Puente Castro por obra y gracia de la Junta de Castilla y León, con el aplauso y beneplácito del Ayuntamiento de esta ciudad. Ambas instituciones se esfuerzan, eso sí, en justificar su decisión de acabar con el patrimonio DE TODOS LOS ESPAÑOLES alzando el estandarte de la conservación. Se trata, hay que reconocerlo de un argumento demoledor y contundente donde los haya: Se construye un vial sobre el yacimiento en lugar de desviarlo para salvar los restos, pero, para que estos “se conserven” como mandan los cánones de esta panda de catetos sin cultura, el vial será elevado y el yacimiento se tapará p´los restos. ¡Alucinante!

Es una verdadera tristeza comprobar que en estas tierras de “charanga y pandereta, cerrado y sacristía” como tan sabiamente decía nuestro inmortal Machado, las cosas siguen como siempre: el patrimonio es un conjunto de piedras que estorban, que no sirven para nada y que hay que destruir como sea. Mientras el resto del mundo conserva su historia, la explota turisticamente y en muchos lugares se convierte en una fuente de riqueza y empleo, aquí, tierra de plañideras, seguimos sufriendo de miopía y prepotencia política. Miopía por la manifiesta incapacidad de nuestros supuestos dirigentes en ver el potencial del patrimonio y prepotencia porque siguen considerando que las “cuatro piedras” son suyas, cuando la realidad es que SON NUESTRAS, de los ciudadanos, de los españoles y los que nos representan tienen la obligación de conservar, potenciar y convertir en fuente de empleo y futuro NUESTRO patrimonio.images-15

Y como muestra de la “inteligencia” que poseen nuestros “representantes” queden estas iluminadas declaraciones del director general de patrimonio en las que aseguraba que el yacimientos de la cabanna Ad Legionem “es uno de los más importantes de León y su alcance para España también resulta sobresaliente”

Podemos dormir tranquilos. En poco tiempo no nos quedará ni la catedral.

JUGANDO CON LO DE TODOS

DownloadedFileEn la Edad Media europea el sistema político y social imperante se denominaba Feudalismo y básicamente consistía en una división de la sociedad en estamentos, de manera que unos grupos estaban por encima de otros. El rey ocupaba la cúspide de la pirámide. Por debajo se situaba la alta y la baja nobleza y el alto y el bajo clero. En el suelo los siervos y vasallos, cuyo único derecho era trabajar y mantener a los otros elementos. No tenían derecho ni siquiera a poseer el terruño que cultivaban. Por el contrario, los otros, a parte de poseer todos los derechos, eran los amos de cuanto veían. Esto provocaba, por ejemplo, que los reyes dividieran su reino en pedacitos cuando les apetecía: esta ciudad para mi hija, este trocito para el otro, etc. De esta manera, una vez muerto el rey, los príncipes solían enzarzarse en luchas fraticidas hasta que el pez más gordo se comía (dicho de otra forma, se cargaba) al hermano más chico.

Salvando levemente las distancias, nos encontramos en pleno siglo XXI con un neofeudalismo en el que los “nobles” políticos atesoran privilegios y mercadean con los bienes de todos como si fuesen propios. El caso más sangrante es el patrimonio DE TODOS LOS ESPAÑOLES que nuestros nuevos nobles se empeñan en considerar propio, y como tal lo destruyen, lo condenan al olvido y, lo que es peor, lo venden al mejor postor en una “subasta” en la que la mejor “puja” resulta ser la cercanía, amistad o parentesco con tal o cual politiquillo.

images-3En este mercado de privatizaciones y prebendas varias, FEVE acaba de poner sus joyas turísticas: el Transcantábrico y el Expreso de la Robla. Las excusas, como siempre son la crisis y el ahorro, algo que no cuela al tratarse de dos joyas que daban dinero y seguirán dándoselo a quien los compre, es decir, una empresa privada que pasará a gestionar algo que debe ser de todos los españoles. Pero nuestros “nobles” políticos no lo entienden así, claro. Ellos consideran que es mejor que un bien público, que resulta que es suyo, revierta en beneficio de sus amigos, familiares o conocidos (y de ellos mismos, claro) y no en beneficio de todos los ciudadanos. Esto es inmoral y absurdo. Los beneficios de estos trenes turísticos tienen que volver a la sociedad, a los ciudadanos, verdaderos dueños del patrimonio de todos, pero para nuestros queridos políticos nosotros, como aquellos vasallos de la Edad Media, no tenemos derecho a disfrutar de nuestros bienes. Nuestras “obligaciones” parecen ser votarles cuando toca, callar bien la boca hasta que llegue ese momento y mirar para otro lado cuando comenten alguna tropelía.images-4

Vivimos bajo un gobierno de ineptos señorones que sólo viven para mantener sus propios privilegios. Pero no olvidemos nunca que esta situación es producto de la ceguera de todos aquellos ciudadanos que se acercan a las urnas sin espíritu crítico, votando por sistema a estos o aquellos, sin plantearse qué es lo mejor para todos y que no se puede confiar en quienes nos engañan o nos tratan como a simples servidores.

DESPUÉS DE ROMA

 images-1La crisis del Imperio Romano, acentuada a partir del siglo V, provocó la descomposición de su parte occidental. Las continuas guerras entre los aspirantes al trono provocaron el desamparo de las provincias, un descenso de la producción y un aumento de los impuestos. La población ya no puede pagarlos y ante la angustiosa situación, los pequeños propietarios rurales ceden sus propiedades a los grandes terratenientes, acogiéndose a su protección como colonos que trabajan las que antaño eran sus tierras. Estos grandes terratenientes comienzan a formar una nobleza exenta del pago de impuestos y dotada de un pequeño grupo armado que les defiende, y les permite ejercer, en esos tiempos de incertidumbre, como “funcionarios” oficiosos de un Imperio que se desmorona.

En las ciudades, los artesanos, oprimidos por el fisco y por la escasez de dinero, abandonan sus trabajos y se van al campo para ponerse, al igual que los minifundistas, al servicio de la nueva nobleza agraria, como campesinos o como soldados. También los grandes dignatarios urbanos abandonan las ciudades y se establecen en sus villas rurales, dejando que la ciudad pierda su antiguo carácter de centro administrativo. Sólo permanecerá el religioso, a manos de los obispos que comienzan a formar una nueva clase social privilegiada. La sociedad se ruraliza y camina imparable hacia el feudalismo.

En la actual ciudad de León, el campamento militar de la Legio VII se abandona, muchos edificios desaparecen, y los que quedan en pie, las termas y los principia, son ocupados por civiles, que los utilizan como vivienda.

imagesEste proceso de descomposición se ve acelerado por la llegada de los pueblos bárbaros. Hispania sufrirá las invasiones de los Suevos, los Vándalos y los Alanos. En principio estas tribus se dedicarán a realizar distintas escaramuzas en busca de botín, pero, poco a poco, se asentarán en la península, también en las zonas rurales y como grandes propietarios, al igual que la nobleza de origen romano. Se inicia así un largo período de inestabilidad, guerras y hambrunas.

Los encargados de solucionar la crisis de Hispania fueron los Visigodos, pueblo bárbaro asentado en Aquitania, a cambio de tierras, como federados de Roma. Los Visigodos resultaron ser muy efectivos, destruyendo a los alanos, obligan a los vándalos a cruzar el estrecho de Gibraltar y tomando posiciones frente a los territorios controlados por los suevos (la Galaecia) y los vascones, pueblo que nunca fue del todo romanizado.

En el año 476, el Imperio Romano de Occidente desaparece y los Visigodos se encuentran entonces como amos y señores de una parte importante de ese imperio: parte de la Galia y de Hispania. La primera, sin embargo, deben abandonarla ante el empuje de los francos y los burgundios, lo que les obliga a centrarse en Hispania. Sin embargo, no parecían tener en mente un asentamiento sólido, pues volvieron a actuar como tropas auxiliares, esta vez del rey ostrogodo Teodorico el Grande que desde Italia soñaba con restaurar el poder del desaparecido Imperio.

Los sueños de Teodorico fracasaron con la rápida intervención del Imperio Bizantino (Imperio Romano de Oriente) que, cómo no, también soñaba con la restauración. Los visigodos se quedan sin amo, vuelven a ser independientes y ya comienzan a centrarse en la Península, lo que provoca enfrentamientos entre sus propios jefes militares, de manera que antes de la fundación del Reino de Toledo, Hispania se dividió en cinco “trozos”: la Bética, ocupada por los Bizantinos a petición del jefe visigodo Atanagildo que pretendía el trono y les llamó en su ayuda; Galaecia en manos de los suevos; las tribus de las montañas (cántabros y vascones) que no reconocen ninguna autoridad; y el centro y parte del mediterráneo ocupado por los visigodos y las tribus íberas, reticentes a aceptar el poder de estos últimos.

En el año 555 Atanagildo, con la ayuda de los Bizantinos, se convierte en rey y establece su capital en el centro de la Península, en Toledo, iniciando así la construcción de un nuevo estado que culminó con Leovigildo, englobando a los hispanoromanos, a los que necesita para la construcción de ese  nuevo estado y para garantizar un cierto orden. Promulgó leyes para todos sus súbditos, visigodos e hispanorromanos e intentó forzar la unidad religiosa, imponiendo el arrianismo. Esto supuso la fuerte oposición del ya poderoso clero católico, de los suevos de Galaecia y de su propio hijo, Hermenegildo, convertido al catolicismo.

DownloadedFileA pesar de este fracaso, Leovigildo muere logrando la expulsión definitiva de los suevos y la construcción de una base estable para la consolidación del nuevo estado en manos de su hijo y sucesor Recaredo, que culminó la definitiva unión de visigodos e hispanorromanos en el III Concilio de Toledo, donde se convirtió al catolicismo, de manera que esta religión acabó siendo la oficial del nuevo reino. A partir de este momento, los visigodos se convierten en los defensores y gobernantes de Hispania, mientras que los hispanorromanos, culturalmente más avanzados, pondrán sus conocimientos al servicio del Estado, reconocerán al rey como jefe de la iglesia y los obispos llevarían sus leyes al pueblo.

La sociedad visigoda era más bien rural y comenzó a estructurarse de una forma que daría lugar al feudalismo. Existían en el campo grandes latifundios controlados por una nobleza de origen romano, que continuaba manteniendo el poder económico una vez perdido el político en manos de los nuevos amos. Bajo esta nobleza se situaba un estamento eclesiástico, con los obispos a la cabeza, que poseían grandes propiedades. Bajo estos grupos se encontraba el campesinado, sometido a los anteriores.

La monarquía visigoda nunca tuvo un control efectivo de la Península, pues la nobleza rural y los obispos acabaron teniendo competencias fundamentales como la recaudación de impuestos y la justicia. Esta debilidad de los reyes visigodos culminó con la rápida conquista musulmana en el año 711, que en solo tres años logran dominar todo el territorio, excepto la zona montañosa de la actual Asturias.

De todo este período no quedan muchos restos en León, sólo unas pequeñas piezas expuestas en el museo de la ciudad, la mayoría procedentes de la provincia. Quedan muchas excavaciones por hacer, sin duda, ya que, a pesar del abandono de las ciudades, en el León de la época se realizaron construcciones religiosas, como la iglesia de San Marcelo o el convento de San Claudio. Ambas construcciones se situarían fuera de la muralla romana, en lo que, a fin de cuentas, era una zona rural. No se conservan restos de las construcciones originales aunque la actual iglesia de san Marcelo se mantiene en la ubicación original, mientras que la iglesia de San Claudio se sitúa en la actualidad en un lugar diferente al original.

El período visigótico no es un momento demasiado luminoso para esta provincia, sólo un paréntesis entre la luz de Roma y el futuro reino de León del que iremos hablando poco a poco.

 

LEÓN Y SUS MUSEOS

La ciudad y la provincia de León posee una riqueza patrimonial, histórica y arqueológica inmensa. Por desgracia, los ciudadanos no son demasiado conscientes de ello, algo que está motivado por la necedad política. Todos sabemos que a nuestros venerables próceres les costó trabajo y ayuda dotar esta ciudad de un museo en el que exponer parte del impresionante pasado provincial. Y digo parte porque nuestro museo no se ha quedado pequeño ante ese pasado. Se ha quedado diminuto. Tanto es así que miles de piezas se amontonan olvidadas en almacenes y muchas de ellas ofrecen un espectáculo dantesco en vitrinas del propio museo. Allí se agolpan, caóticas, con sólo unos número que las identifican.

Ante problema tan importante, nuestros queridos políticos andan bastante erráticos. Hace años que prometieron (ya sabemos que el ejercicio de la promesa les resulta grato y sencillo de olvidar) un museo judío en el barrio de Puente Castro y, recientemente un museo romano que honrase debidamente el pasado militar de nuestra ciudad. Y lo máximo a lo que han llegado es a abrir un pomposo “Centro de Interpretación de las Tres Culturas” que sólo menciona el riquísimo pasado judío de León. Del museo romano, sin embargo, no se sabe nada. Y encima surgen por ahí cabezas huecas que aseguran que tal museo no es necesario, pues para eso está el atestado museo de la ciudad.

Nuestro patrimonio arqueológico, riqueza de todos los españoles pasa, entre tanto, de almacén en almacén, pues la Junta de Castilla y León lo va a trasladar para que siga durmiendo el sueño de los justos. De restaurarlo debidamente y de exponerlo, nadie dice nada.

Otras ciudades con un pasado tan importante como el nuestro tienen museos específicos para cada época, dependiendo de la importancia de esta en su historia. Astorga, por ejemplo cuenta con un extraordinario museo romano, Toledo o Segovia con un museo judío, etc. etc. De esta manera, su oferta histórica, cultural y arqueológica se racionaliza y los diferentes museos pueden mostrar su patrimonio de una forma holgada y ordenada. 

Por todo lo dicho, considero que es urgente reconsiderar el proyecto original para la Iglesia de San Pedro en Puente Castro, a fin de convertirla en el museo judío que merece esta ciudad. Desde luego, el patrimonio hebreo de León no puede estar en un lugar mejor que en la antigua Aljama. Sería, sin duda, un museo que competiría en igualdad de condiciones con el de Toledo.

Así mismo, León necesita urgentemente un museo romano que exponga el abundantísimo volumen de piezas descubiertas en toda la provincia, incluida la mayor y mejor colección de lorigas de Europa excavadas el año pasado en la ciudad. El pasado romano de León merece un lugar específico que lo dignifique y lo muestre debidamente. De lo contrario, muchísimas piezas, incluidas las armas descubiertas permanecerán olvidadas en los almacenes del museo.

Al liberar el museo de León de estas dos importantísimas secciones históricas, quedaría espacio para mostrar el pasado prehistórico, medieval y el perteneciente a las épocas moderna y contemporánea. Estas últimas épocas, aunque no alcanzaron la grandeza de la romana y medieval (de la que desgajaríamos la parte semita) también merecen un espacio holgado dentro de nuestro museo, y en la actualidad se encuentran un tanto ajustadas.

Tendremos que rezar para que, alguna vez, surja algún político con ideas, con capacidad de inversión en su ciudad, que otorgue al patrimonio histórico de León el respeto y dedicación que se merece.

ADMINISTRACIÓN MILITAR ROMANA

Hasta aquí he hablado del funcionamiento de las ciudades romanas en todo el Imperio. Este funcionamiento afectaría, a Asturica y a Lancia, las más cercanas a la actual ciudad de León que entonces era el único campamento militar de la Península y gozaba de una administración diferente: la militar. Por ello, concluiré mi periplo por la organización romana en sus provincias con una leve mención a la militar.

La existencia de un ejercito permanente en Hispania fue debido a que hasta el siglo I no toda la Península estaba sometida. En el Norte aún quedaban tribus insumisas contra las que el propio Augusto dirigió una campaña en el año 27 a. C. En el transcurso de esta campaña sería sometida la ciudad astur de Lancia.

Las tribus cántabras y astures fueron “oficialmente” sometidas el año 19 a.C, pero ni aún así se retiró el acuartelamiento de la actual León. Ello se debió, al parecer a que el norte era una zona no demasiado romanizada, con poco desarrollo de las ciudades y que, además contaba con unas importantísimas minas de oro: Las Médulas. De esta manera, el ejercito tenía como misión, además de vigilar y cuidar las minas, implantar la administración romana para llegar a asentar el sistema urbano y, por lo tanto, una explotación pacífica de las minas.

Al principio, el ejército de ocupación se diseminaba en forma de legiones y tropas auxiliares por todo el norte, desde la Gallaecia hasta los Pirineos. La progresiva romanización, y por tanto urbanización fue reduciendo el número de tropas hasta quedar reducidas a un solo acuartelamiento: el de la Legio VII en época de Vespasiano. Las vicisitudes históricas, durante el llamado año de los tres emperadores, que trajeron esta legión a la Península, los he descrito ya en mi entrada dedicada al campamento.

En estos momentos de la Historia, Hispania ya no tenía fronteras, estaba bastante romanizada y la misión de la Legio VII se centró en el cuidado de las minas de oro. Esta función es otra de las “grandezas” históricas de León: no sólo tuvimos el único campamento militar de Hispania, uno de los dos únicos del occidente europeo, sino que, además, “nuestro” ejército no tenía, básicamente (aunque las mantuvo, claro está) funciones militares. Esto, añadido a su larga permanencia en el tiempo convirtió el campamento militar en otra “ciudad” más, salvando las distancias. Es decir, formaba parte de la vida de los civiles que rodeaban el acuartelamiento, ejerciendo funciones administrativas dentro de una sociedad civil y regularizada, y era igualmente un foco de “atracción” de las poblaciones indígenas. Por si fuera poco, la población civil, tanto indígena como itálica se convirtió a partir del siglo II en la única fuente de reclutas del ejército peninsular.

El ejército, además, estaba al servicio del gobierno de Tarraco, como institución provincial. Los soldados de la Legio VII, aunque tuvieran su cuartel en la actual León, se movían por toda la Península, a través de destacamentos, para cuidar de otras explotaciones mineras o para reprimir el bandolerismo, al servicio de las provincias vecinas. Es decir que, aunque sus funciones fundamentales eran administrativas y organizativas, “nuestros” soldados mantenían su función militar cuando las circunstancias así lo requerían.

ADMINISTRACIÓN CIVIL ROMANA: LA CIVITAS

Siguiendo con este “ciclo” de historia administrativa romana, entro ya de lleno en la forma básica de organización del Alto Imperio: la civitas. Roma fomentó desde el principio la creación de ciudades en todo el Imperio. Para hacerlo, el sistema general fue “atraer” a las comunidades indígenas hacia ciudades ya existentes en las que se celebraban reuniones anuales con las diferentes tribus (conventus). En ellas se centralizaba la administración romana y el culto a los dioses, tanto indígenas como romanos. Esta “atracción” supuso la romanización progresiva de esas tribus que fueron abandonando sus tradiciones y estructuras políticas mientras asumían las romanas. Esto contribuía, además, a debilitar los lazos tribales, basados en una aristocracia agraria y militar y a fusionar estas tribus con otras gentes, sobre todo latinas. El espíritu de colectividad indígena fue sustituido entonces por el individual romano. La “asimilación” se completó mediante el respeto por las clases dirigentes indígenas, a las que se “recondujo” hacia el prestigio político, al estilo romano, dentro de la ciudad. De esta manera se garantizaba su fidelidad a la Urbe.

Las ciudades, como ya comenté, eran básicamente de dos tipos: los municipios, antiguas ciudades indígenas que recibían colectivamente el derecho de ciudadanía, algo que suponía que la ciudad indígena debía “refundarse” como municipium civium Romanorum (municipio cívico Romano), lo que obligaba a sus habitantes a renunciar totalmente a sus antiguas fórmulas administrativas, adoptando las romanas, y las ciudades que no contaban con el derecho colectivo de ciudadanía. Entre ambas, sin embargo, existía un tipo especial de ciudad: el municipio latino. En ellas tampoco existía el derecho colectivo de ciudadanía, pero los indígenas recibían una carta de municipalidad latina, que otorgaba derecho a la ciudad a recibir, en un futuro próximo, la carta de ciudadanía romana y, por tanto, de municipio cívico. En este caso y en el primero, los habitantes, ciudadanos y latinos, tenían el derecho de ejercer cargos municipales en su ciudad, tras ser elegidos por sus conciudadanos.

Las otras ciudades, llamadas en general peregrinae (extranjeras en cuanto al derecho romano) no tenían estatuto jurídico y eran reguladas unilateralmente por Roma, a través de pactos que la capital podía revocar en cualquier momento. Sin embargo, ni la Urbe ni los gobernadores solían intervenir en ellas, por lo que, de hecho, se regían por leyes propias y tradicionales.

El régimen municipal de las capitales, municipios romanos y municipios de derecho latino se basaba en unas “ordenanzas” dictadas por el propio emperador, lo que hace suponer que se trataba de un régimen uniforme en todo el Imperio. Sin embargo, esto no impedía que la ciudad, con el territorio que la rodeaba, fuera una entidad autónoma. Se trataba de una “autonomía” limitada, claro está, que mantenía la supremacía del poder central y que consistía en reforzar el prestigio, social y económico, de las antiguas clases dirigentes indígenas a cambio de hacerse responsables del funcionamiento del ente autónomo ciudadano. De esta manera, la gestión política de estas ciudades estaba en manos de cuatro o seis magistrados, elegidos cada año, y de un consejo municipal vitalicio (ordo decurionum). Todos estos cargos eran honoríficos, es decir, gratuitos, con lo que se aseguraba que sólo los ciudadanos con mucho tiempo libre y gran capacidad económica podían ocuparlos. Además, teniendo en cuenta que la ciudad era también económicamente independiente y que se mantenía con las aportaciones de sus ciudadanos y los medios propios, provenientes sobre todo de las zonas agrarias, estos dirigentes políticos debían aportar su capital privado para financiar casi todas las actividades de la vida ciudadana: fiestas, juegos, abastecimiento de agua, de artículos de primera necesidad, así como repartos excepcionales de dinero y regalos entre los ciudadanos. Lejos de ser una carga, estas aportaciones se convertían, en el alto Imperio, en una especie de pugna entre las familias más ricas para ostentar un mayor prestigio social. Por el camino, el embellecimiento de sus ciudades se hacía notable. En el bajo Imperio, fue precisamente la ruina de muchas de estas familias lo que llevó al ocaso de la ciudad y, por lo tanto, del propio Imperio.

En definitiva, el municipio es un ente autónomo en su constitución interna, con leyes propias, patrimonio propio y derecho a elegir magistrados, establecer tributos y a administrar los propios bienes. Y todo ello, dentro de un sólido vínculo con la metrópoli, Roma. La ciudad comprendía, aparte de la ciudad propiamente dicha, el territorio rural, en el que se incluían las comunidades más pequeñas (pagus, vicus, fora, castellum) que no tenían administración propia y dependían de aquella tanto para las necesidades administrativas como religiosas, que se desarrollaban en el foro de la civitas.

Los habitantes de la ciudad que fueran además “ciudadanos romanos” eran de tres tipos: los civis o municeps, que además de tener la ciudadanía romana, residían en la ciudad y los incolae o residentes, ciudadanos romanos que residían de forma permanente en una ciudad, pero habían nacido en otra, de la que no perdían el origio o “nacionalidad”, y los hospite, advenae o adventores, libres que residían de forma temporal por razones de estudio, trabajo, etc. De los tres, los dos primeros estaban obligados a aceptar la munera (cargas municipales), pero sólo los civis podían optar a la magistratura. Eran elegidos a través de comicios electorales en los que participaban los ciudadanos romanos a través de un sistema bastante complejo: unas unidades de votantes que formaban, cada una de ellas una especie de corporación con sus representantes, reuniones especiales, etc.

La complejidad del sistema, y sobre todo, las cargas financieras que suponía el cursus honorum, obligó a que el senado de cada ciudad acabara ocupándose directamente de la elección desde el siglo II. A partir del siglo III, cuando la crisis del Imperio comenzaba a hacer mucho más onerosa la carrera política, la elección se hizo directamente entre los miembros de la curia municipal, con lo que el pueblo dejó de ejercer ese derecho.

El gobierno de la ciudad era ejercido por cuatro magistrados divididos en dos grupos: los duumviri iure dicundo y los diumviriri aediles potestate, a los que se añaden, en algunas ciudades, los quaestores. Gobernaban durante un año y al finalizar su mandato se unían a la curia municipal o senado. Los primeros (duumviri iure difundo) tenían el derecho y la obligación de desarrollar, junto con la curia municipal la administración de los asuntos municipales, así como la representación de la ciudad en el “exterior”, es decir: mantener correspondencia con la administración provincial y el poder central, recibir al emperador, a miembros de la familia imperial y altos funcionarios, firmar tratados o acuerdos públicos con otras ciudades, etc. Los aediles tenían varias funciones entre las que se encontraban, la policía de la ciudad y seguridad pública (cura urbis); vigilancia general sobre el mercado (cura annonae), o lo que es lo mismo, cuidar el abastecimiento, la calidad de los géneros, precios, pesos y medidas. Por último, también les correspondía regular los juegos públicos (cura ludorum).

En cuanto a los quaestores, si los había, tenían como función cuidar las arcas municipales. Es decir, actuaban como tesoreros.

La tercera institución fundamental de la ciudad era el ordo decurionum, formada por los antiguos magistrados de la ciudad. Tenía unos cien miembros que formaban el consejo municipal y se ocupaba de todas las cuestiones de interés general: gestión de capitales, trabajos públicos, tributos, ceremonias, sacrificios, fiestas y juegos anuales, otorgamiento de honores, etc. A partir del siglo II, con la pérdida de poder de los magistrados, este consejo fue acaparando todo el poder municipal hasta llegar a anular las asambleas populares que elegían a los magistrados de la ciudad.

En general, este era el funcionamiento de una ciudad romana en el Alto Imperio (siglos I y II) A partir del siglo III fueron cambiando las cosas hasta la total desaparición de la ciudad y la huída a grandes villas rurales de las clases pudientes. Esto, como ya comenté, junto con las invasiones de los pueblos bárbaros, supuso el fin del mundo clásico y el comienzo del feudalismo.

Pero eso ya es otra historia.

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