LEÓN ROMANO

La ciudad de León, mi ciudad, aparece ahora ante los ojos de los que caminamos por sus calles como una ciudad moderna, con muy pocos vestigios de las diferentes épocas históricas por las que ha transitado. Su origen se remonta al siglo I y está vinculado a la llamada Legio VI Victrix, fundada por Augusto en el año 41 a.C. y asentada, desde el año 29, en el terreno que hoy ocupa la actual ciudad de León para luchar contra los cántabros y mantener el orden en la provincia Tarraconensis. Así mismo, tenía la misión de escoltar a los procuradores y gobernadores de esta provincia y de la Lusitania. Permaneció en el campamento casi un siglo, recibiendo por ello el nombre de Hispaniensis.

A finales del siglo I, durante el reinado de Neron, el gobernador de la Tarraconensis Servio Sulpicio Galba se sublevó proclamándose emperador en Clunia (Burgos). La Legio VI tomó partido por él. Para reforzar esta legión con nuevos efectivos fundó la Legio VII Galbiana que le llevó al trono. Tras su asesinato, la legión tomó partido por Otón y posteriormente por Vespasiano. Su participación en los distintos enfrentamientos por la púrpura imperial diezmó de forma considerable la Legión, por lo que Vespasiano la refundió con los restos de otra, probablemente la Legio I Germanica. Surge así la Legio VII Gemina Felix (Septima Legión Gemela Feliz), y con ese nombre fue destinada a la Tarraconensis, para ocupar el solar que abandonó la Legio VI. Se levantó entonces un nuevo campamento que se convirtió en permanente y en el único que permanecería en Hispania hasta el fin del imperio romano. Su estabilidad, hasta su desaparición, en el siglo IV, propició el asentamiento, en sus cercanías de un barrio o pueblo, el Vicus ad Legionen situado en el actual Puente Castro. En él vivían los familiares de los legionarios y los artesanos que trabajaban para el campamento.

Esta breve introducción da una ligera idea de la riqueza patrimonial e histórica de la ciudad de León y su Vicus, aunque de momento sólo me he centrado en el período romano. En posteriores entradas tengo la intención de avanzar en la historia de esta denostada ciudad. Sin embargo, sólo con estos iniciales detalles, cualquiera con un mínimo de cabeza podría darse cuenta del potencial que guarda esta ciudad, potencial que, incomprensiblemente, no cuenta para aquellos que rigen nuestras administraciones, ya para ver algún signo de toda esta historia hay que sudar tinta, pues muy pocos restos permanecen visibles. León podría ocupar uno de los primerísimos puestos como ciudad arqueológica y cultural, gracias a un pasado único en España y, por obra y gracia de la inutilidad política cada día tiene menos posibilidades de disfrutar de las rentas de su riquísima herencia.

Muchas veces imagino que soy una de esas personas que visitan León con la intención de disfrutar de la huella de Roma. El museo de la ciudad podría ayudarme a satisfacer esa intención, pero sin duda necesitaría algo más: restos visibles por los que perderme, al igual que he hecho en otras ciudades romanas. Pronto descubriría, sin embargo, que este, en León, es un vano intento. Situándome en una de las entradas del campamento: la Porta Principalis Dextra, al principio de la actual Calle Ancha, comprobaría que el lugar sólo cuenta con la silueta de una caligae en el suelo y un mojón decorativo que explica lo que se encierra bajo el pavimento actual de la calle. ¡Qué le vamos a hacer!. Continuando la ruta hacia la Porta Principalis Sinistra, situada al lado de la Catedral gótica, me encontraría de nuevo con el dichoso trozo de piedra explicativo y con una cripta cerrada a cal y canto, bajo la que se encuentran los restos de dicha puerta y de las termas que acompañaron el ocio de los soldados y quizá también de los habitantes del Vicus.

La falta de restos arqueológicos va acompañada de una ausencia total de unos indicadores más sólidos que las diseminadas caligae, para guiar al visitante a través de las principales ubicaciones del campamento. Por esa razón, la visita, a partir de este punto, debe continuar un poco a tientas, eligiendo el camino que mejor nos parezca. Así, una opción, tan válida como cualquier otra, sería seguir la línea de murallas que antaño rodeaban el campamento. Hoy quedan pocos restos de la imponente cerca romana. Visible es un pequeño trozo de muralla en las escaleras que dan acceso a San Isidoro, algún que otro sillar insertado dentro de la muralla actual, de origen medieval, o en la llamada Torre de los Ponce. Siguiendo, pues este camino amurallado llegaremos al que, por ahora, es el único resto visible de la Legio VII: el depósito de agua de la Legio VI, que permanece a la intemperie, colmado de matojos, abandono y suciedad. A simple vista sólo es un desvencijado rectángulo de piedras al que sólo salva de la ignorancia la oportuna indicación que explica largo y tendido la historia del vilipendiado resto.

Dejando atrás el depósito de aguas, podemos continuar con nuestro paseo y nuestros descubrimientos adentrándonos otra vez en el recinto amurallado. De nuevo nos toca ir a ciegas. Sólo un visitante con algún conocimiento previo podrá llegar a buen puerto y acercarse, por ejemplo a Puerta Castillo, donde se encuentra un importantísimo yacimiento del que han salido cientos de lorigas o en el barrio de Santa Marina, los restos de lo que parece ser los Principia, o cuartel general de la Legio, desde los que el Legado gestionaba los asuntos del día. Ambos restos ni permiten el acceso a ellos, ni parece que vayan a ponerse en valor.

Por último, para encontrar una nueva indicación de la existencia de “algo” romano, tenemos que abandonar los muros y llegar a la calle Cascalerías. Allí se esconden los restos de un yacimiento único en Europa occidental: un anfiteatro militar. El mundo romano está lleno de anfiteatros civiles pero uno militar es una “rara avis” de la que, nuevamente León no puede presumir pues sus restos se encuentran cerrados a cal y canto bajo tres criptas que sólo se abren una vez al año, con motivo del Natalicio de las Aguilas. Claro está que su ubicación está señalizada con otro mojón de piedra, muy bonito, eso sí, situado en plena calle Cascalerías, la calle que dividía en dos el anfiteatro. Pero para ver el monumento hay que esperar al 10 de junio, fecha en la que se conmemora la fundación de la Legio VII y una gran masa de privilegiados espera pacientemente durante horas para poder disfrutar de algo que debería ser público, de visita diaria y bajo pago.

Con frustración y rabia sólo nos restaría encaminarnos a lo que fue el barrio, pueblo o villa del campamento militar: el Vicus Ab Legionem, situado en el actual barrio de Puente Castro. Nos encontraremos con un yacimiento abandonado. Todos reconocen,  aunque con la boca pequeña, su grandísima importancia, ya que vicus, en el mundo romano, los hay a patadas, pero vinculados a un campamento no tantos. Sin embargo, a la hora de la verdad, nuestros “inspirados” políticos practican con sorprendente maestría el dudoso arte de pasarse la patata caliente unos a otros. Se pretende desde hace tiempo realizar un nuevo acceso a León sobre los restos. Simulando que se respeta el Vicus, recientemente se ha planteado un paso elevado que supuestamente protegería el yacimiento pero, ¿qué efecto tendrá sobre las milenarias piedras la vibración constante del tráfico? Y si esa fuera la única solución (yo la sigo poniendo en duda), ¿cuándo se va a hablar de la puesta en valor de los restos?

Todo un cúmulo de despropósitos han sepultado un tesoro patrimonial bajo la ignorancia e incapacidad de todos los políticos que han pasado por el ayuntamiento o por la Junta de Castilla y León. Su cortedad de miras, su apuesta cortoplacista y en pro de su propio beneficio, han impedido que esta ciudad prospere al menos por el lado del turismo.

La rica historia de León se merece otra cosa. Las ciudadanas y ciudadanos de esta ciudad, nos merecemos mucho más.

 

 

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