HIC OMNIA ROMANUM EST

Es posible que mi “debilidad” por el mundo romano proceda de cierta frase machacona que he oído y que quizá hemos oído todos, desde nuestra más tierna infancia: “esto es romano”. Desde muy niña me han contado que cualquier montón de piedras con un cierto orden arquitectónico tenía, como una especie de sello de calidad, la etiqueta de “romanas”. Y claro, la curiosidad infantil se fue volviendo afición, en ocasiones desmedida, para tratar de desentrañar el misterio que envolvía ese mundo grandilocuente y espectacular de Roma y su Imperio.

Evidentemente, la curiosidad, la cultura y la investigación me desvelaron que no es romano todo lo que se viste de piedra, y así he intentado hacérselo ver a quienes opinaban lo contrario. La mayoría de las personas, oída la explicación pertinente, han salido de su error, completamente natural, por otra parte, pues no hay ser humano que sepa de todo, y han agradecido ampliar sus conocimientos en un tema tan popular como erróneo. Son personas a las que yo considero sabias, pues como todos, desconocen muchas cosas, pero gustan de aprender y reconocer nuevos horizontes. Pero hay otro tipo, minoritario, a Dios gracias, que no sólo no aceptan la más mínima aclaración, si no que se empecinan, pavoneándose con supuestos y falsos conocimientos provenientes de una supuesta “inteligencia” privilegiada. Se trata de gente necia, verdaderamente ignorante y ridícula.

En León ese movimiento, de por sí absurdo, llamado “nacionalismo” ha ido creando “denominaciones de origen” para determinados rincones de esta ciudad, de manera que tenemos una muralla romana, dos puentes romanos, y si nos apuramos un poco, los caños de mi barrio nos pueden servir de acueducto. No voy a meterme hoy aquí con la arquitectura romana, reconocible a simple vista cuando te tomas la molestia de leer un libro de historia del arte, que por cierto, no suelen morder. Quiero hablar de un tema algo más complejo, muy de actualidad a raíz de ciertos descubrimientos que han saltado a las páginas de los periódicos: la organización urbana de los romanos.

Y es que no sólo de cada dos piedras una es romana, resulta que también, todo yacimiento arqueológico, aunque sean unos cimientos del siglo XIX proceden de una ciudad romana. Aunque sí es una afirmación un tanto exagerada, puedo asegurar que mis tímpanos han sufrido lo indecible escuchando algo así como la “ciudad” romana de La Olmeda; la “ciudad” romana de Navatejera, cuando se trata de dos villas; la “ciudad” romana de Vega de Espinareda, recientemente descubierta, que es nada menos que un castro celta; o la “ciudad” romana de Puente Castro. En este último caso puedo asegurar que me han afirmado que no sólo era una ciudad, sino que también era la “verdadera” ciudad de León. En fin…

Pongamos un poco de orden en este “caos ciudadano”. Los romanos tenían una mente sumamente pragmática y organizativa, algo que trasladaban a todo lo que hacían, incluidos sus núcleos de población. Ellos tenían muy claro lo que era una Civitas, un Vicus,  una Villae o un Populi entre otro, y los restos que han llegado hasta nuestros días son lo que son y no lo que algunos quieren que sean.

La administración provincial romana tiene su verdadero origen en los planes reorganizativos de Cayo Julio Cesar, que murió antes de poder llevarlos a cabo. Fue su sobrino, Octavio el que lo materializó, una vez convertido en primer emperador. Anteriormente, en la época republicana, la administración provincial era prácticamente inexistente, dejando subsistir las formas tradicionales de los pueblos sometidos. Augusto, al tiempo que respetaba esa tradición, fomentó el desarrollo de la urbanización de estas comunidades según el modelo romano para lograr una uniformidad administrativa en el Imperio.

En Hispania la primera medida del emperador fue dividir una de las provincias, Hispania Ulterior en dos: Hispania Ulterior Baetica, al sur del Guadiana e Hispania Ulterior Lusitania, al norte. Las capitales de estas provincias eran Emerita Augusta de La Lusitania, Corduba de la Baetica y Tarraco de la Citerior.

A pesar de la división de la Ulterior, la extensión de las provincias hacía necesario la creación de unidades menores para una mejor administración del territorio. Desde el principio, los gobernadores provinciales reunían en determinados lugares y días a la población para impartir justicia. Estas reuniones se llamaron Conventus (de convenire: “acudir a un lugar”) y quedaron establecidas en determinadas ciudades de la provincia. De esta manera, se fijaron los limites de cada distrito que contaban como capital la ciudad en la que, desde siempre, se habían celebrado estas reuniones. El término Conventus pasó a denominar así al distrito y a su capital, a la que se añadía el término de iuridicus para subrayar su carácter de administración de justicia. Estos Conventus estaban integrados por una serie de civitates y populi. La Citerior, “nuestra” provincia, contaba con siete conventus: Tarraco, Carthago Nova, Caesaraugusta, Clunia, Asturica, Bracara y Lucus.

El Imperio Romano era, por lo tanto urbano, siendo la ciudad la parte fundamental del edificio político organizado por Roma, hasta el punto que la crisis de la ciudad es la crisis del propio Imperio. El final de la cultura urbana supone la disolución del orden estatal político y el comienzo de la Edad Media. La ciudad, con el territorio rústico que la rodeaba constituía una unidad territorial, jurídica, económica y religiosa. Básicamente existían dos tipos de ciudades: civitates propiamente dichas: las capitales y los llamados municipiun civicum romanorum cuyos habitantes, antiguos grupos indígenas, gozaban del derecho a la ciudadanía romana y, por lo tanto contaban con privilegios para el gobierno de su ciudad; y los populi, núcleos urbanos menores que no contaban de manera mayoritaria con el derecho de ciudadanía y que carecían, por tanto de funciones administrativas.

Uno y otro tipo contaban con una serie de entidades menores que carecían de todo tipo de consideración como ciudad ya que dependían enteramente de estas: los fora, que en su origen eran lugares de mercado fuera de la civitas y los castellun, antiguos núcleos fortificados. Estos dos últimos, aunque carecían de una entidad administrativa, sí que podían llegar a convertirse en civitates. Existían otras entidades más pequeñas aún: la praefectura, enteramente sometida a una civitas que la controlaba directamente, el vicus y el pagus, núcleos rurales dependiente de un centro superior al que estaban adscritos. Dicho núcleo no tenía por qué ser una civitas, podía ser uno de los anteriores. Finalmente, existían pequeños núcleos, como el caso del llamado Vicus de Puente Castro, que dependían de un campamento militar: la canabae.  Es decir, que la supuesta “ciudad romana” de Puente Castro ni siquiera es un vicus, sino una canabae o lugar donde vivía una población afín al campamento, sea por tratarse de familiares o de gente que comerciaba con los militares.

Finalmente, una villa era una casa de campo vinculada a una hacienda rural, habitada por una familia y sus siervos. Poco a poco fueron creciendo, haciéndose cada vez más grandes y suntuosas, pero siempre mantuvieron ese carácter familiar y rural. Nada que ver con una civitas.

Este es un breve relato de la organización urbana del antiguo Imperio Romano. Se trata de un pequeño trazo para “iluminar” lagunas que en muchos casos resultan chirriantes. Desde luego que se trataba de una administración sumamente compleja, difícil de asimilar para la inmensa mayoría, pero siempre se puede partir de esta lógica ignorancia para andar de puntillas sobre temas complejos y no etiquetar como romano algo que no lo es.

Reitero lo ya dicho: leer de vez en cuando un libro de historia no viene del todo mal. Así dejará de cumplirse el título de este artículo: “aquí todo es romano”

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