HIC OMNIA ROMANUM EST

Es posible que mi “debilidad” por el mundo romano proceda de cierta frase machacona que he oído y que quizá hemos oído todos, desde nuestra más tierna infancia: “esto es romano”. Desde muy niña me han contado que cualquier montón de piedras con un cierto orden arquitectónico tenía, como una especie de sello de calidad, la etiqueta de “romanas”. Y claro, la curiosidad infantil se fue volviendo afición, en ocasiones desmedida, para tratar de desentrañar el misterio que envolvía ese mundo grandilocuente y espectacular de Roma y su Imperio.

Evidentemente, la curiosidad, la cultura y la investigación me desvelaron que no es romano todo lo que se viste de piedra, y así he intentado hacérselo ver a quienes opinaban lo contrario. La mayoría de las personas, oída la explicación pertinente, han salido de su error, completamente natural, por otra parte, pues no hay ser humano que sepa de todo, y han agradecido ampliar sus conocimientos en un tema tan popular como erróneo. Son personas a las que yo considero sabias, pues como todos, desconocen muchas cosas, pero gustan de aprender y reconocer nuevos horizontes. Pero hay otro tipo, minoritario, a Dios gracias, que no sólo no aceptan la más mínima aclaración, si no que se empecinan, pavoneándose con supuestos y falsos conocimientos provenientes de una supuesta “inteligencia” privilegiada. Se trata de gente necia, verdaderamente ignorante y ridícula.

En León ese movimiento, de por sí absurdo, llamado “nacionalismo” ha ido creando “denominaciones de origen” para determinados rincones de esta ciudad, de manera que tenemos una muralla romana, dos puentes romanos, y si nos apuramos un poco, los caños de mi barrio nos pueden servir de acueducto. No voy a meterme hoy aquí con la arquitectura romana, reconocible a simple vista cuando te tomas la molestia de leer un libro de historia del arte, que por cierto, no suelen morder. Quiero hablar de un tema algo más complejo, muy de actualidad a raíz de ciertos descubrimientos que han saltado a las páginas de los periódicos: la organización urbana de los romanos.

Y es que no sólo de cada dos piedras una es romana, resulta que también, todo yacimiento arqueológico, aunque sean unos cimientos del siglo XIX proceden de una ciudad romana. Aunque sí es una afirmación un tanto exagerada, puedo asegurar que mis tímpanos han sufrido lo indecible escuchando algo así como la “ciudad” romana de La Olmeda; la “ciudad” romana de Navatejera, cuando se trata de dos villas; la “ciudad” romana de Vega de Espinareda, recientemente descubierta, que es nada menos que un castro celta; o la “ciudad” romana de Puente Castro. En este último caso puedo asegurar que me han afirmado que no sólo era una ciudad, sino que también era la “verdadera” ciudad de León. En fin…

Pongamos un poco de orden en este “caos ciudadano”. Los romanos tenían una mente sumamente pragmática y organizativa, algo que trasladaban a todo lo que hacían, incluidos sus núcleos de población. Ellos tenían muy claro lo que era una Civitas, un Vicus,  una Villae o un Populi entre otro, y los restos que han llegado hasta nuestros días son lo que son y no lo que algunos quieren que sean.

La administración provincial romana tiene su verdadero origen en los planes reorganizativos de Cayo Julio Cesar, que murió antes de poder llevarlos a cabo. Fue su sobrino, Octavio el que lo materializó, una vez convertido en primer emperador. Anteriormente, en la época republicana, la administración provincial era prácticamente inexistente, dejando subsistir las formas tradicionales de los pueblos sometidos. Augusto, al tiempo que respetaba esa tradición, fomentó el desarrollo de la urbanización de estas comunidades según el modelo romano para lograr una uniformidad administrativa en el Imperio.

En Hispania la primera medida del emperador fue dividir una de las provincias, Hispania Ulterior en dos: Hispania Ulterior Baetica, al sur del Guadiana e Hispania Ulterior Lusitania, al norte. Las capitales de estas provincias eran Emerita Augusta de La Lusitania, Corduba de la Baetica y Tarraco de la Citerior.

A pesar de la división de la Ulterior, la extensión de las provincias hacía necesario la creación de unidades menores para una mejor administración del territorio. Desde el principio, los gobernadores provinciales reunían en determinados lugares y días a la población para impartir justicia. Estas reuniones se llamaron Conventus (de convenire: “acudir a un lugar”) y quedaron establecidas en determinadas ciudades de la provincia. De esta manera, se fijaron los limites de cada distrito que contaban como capital la ciudad en la que, desde siempre, se habían celebrado estas reuniones. El término Conventus pasó a denominar así al distrito y a su capital, a la que se añadía el término de iuridicus para subrayar su carácter de administración de justicia. Estos Conventus estaban integrados por una serie de civitates y populi. La Citerior, “nuestra” provincia, contaba con siete conventus: Tarraco, Carthago Nova, Caesaraugusta, Clunia, Asturica, Bracara y Lucus.

El Imperio Romano era, por lo tanto urbano, siendo la ciudad la parte fundamental del edificio político organizado por Roma, hasta el punto que la crisis de la ciudad es la crisis del propio Imperio. El final de la cultura urbana supone la disolución del orden estatal político y el comienzo de la Edad Media. La ciudad, con el territorio rústico que la rodeaba constituía una unidad territorial, jurídica, económica y religiosa. Básicamente existían dos tipos de ciudades: civitates propiamente dichas: las capitales y los llamados municipiun civicum romanorum cuyos habitantes, antiguos grupos indígenas, gozaban del derecho a la ciudadanía romana y, por lo tanto contaban con privilegios para el gobierno de su ciudad; y los populi, núcleos urbanos menores que no contaban de manera mayoritaria con el derecho de ciudadanía y que carecían, por tanto de funciones administrativas.

Uno y otro tipo contaban con una serie de entidades menores que carecían de todo tipo de consideración como ciudad ya que dependían enteramente de estas: los fora, que en su origen eran lugares de mercado fuera de la civitas y los castellun, antiguos núcleos fortificados. Estos dos últimos, aunque carecían de una entidad administrativa, sí que podían llegar a convertirse en civitates. Existían otras entidades más pequeñas aún: la praefectura, enteramente sometida a una civitas que la controlaba directamente, el vicus y el pagus, núcleos rurales dependiente de un centro superior al que estaban adscritos. Dicho núcleo no tenía por qué ser una civitas, podía ser uno de los anteriores. Finalmente, existían pequeños núcleos, como el caso del llamado Vicus de Puente Castro, que dependían de un campamento militar: la canabae.  Es decir, que la supuesta “ciudad romana” de Puente Castro ni siquiera es un vicus, sino una canabae o lugar donde vivía una población afín al campamento, sea por tratarse de familiares o de gente que comerciaba con los militares.

Finalmente, una villa era una casa de campo vinculada a una hacienda rural, habitada por una familia y sus siervos. Poco a poco fueron creciendo, haciéndose cada vez más grandes y suntuosas, pero siempre mantuvieron ese carácter familiar y rural. Nada que ver con una civitas.

Este es un breve relato de la organización urbana del antiguo Imperio Romano. Se trata de un pequeño trazo para “iluminar” lagunas que en muchos casos resultan chirriantes. Desde luego que se trataba de una administración sumamente compleja, difícil de asimilar para la inmensa mayoría, pero siempre se puede partir de esta lógica ignorancia para andar de puntillas sobre temas complejos y no etiquetar como romano algo que no lo es.

Reitero lo ya dicho: leer de vez en cuando un libro de historia no viene del todo mal. Así dejará de cumplirse el título de este artículo: “aquí todo es romano”

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LEÓN ROMANO

La ciudad de León, mi ciudad, aparece ahora ante los ojos de los que caminamos por sus calles como una ciudad moderna, con muy pocos vestigios de las diferentes épocas históricas por las que ha transitado. Su origen se remonta al siglo I y está vinculado a la llamada Legio VI Victrix, fundada por Augusto en el año 41 a.C. y asentada, desde el año 29, en el terreno que hoy ocupa la actual ciudad de León para luchar contra los cántabros y mantener el orden en la provincia Tarraconensis. Así mismo, tenía la misión de escoltar a los procuradores y gobernadores de esta provincia y de la Lusitania. Permaneció en el campamento casi un siglo, recibiendo por ello el nombre de Hispaniensis.

A finales del siglo I, durante el reinado de Neron, el gobernador de la Tarraconensis Servio Sulpicio Galba se sublevó proclamándose emperador en Clunia (Burgos). La Legio VI tomó partido por él. Para reforzar esta legión con nuevos efectivos fundó la Legio VII Galbiana que le llevó al trono. Tras su asesinato, la legión tomó partido por Otón y posteriormente por Vespasiano. Su participación en los distintos enfrentamientos por la púrpura imperial diezmó de forma considerable la Legión, por lo que Vespasiano la refundió con los restos de otra, probablemente la Legio I Germanica. Surge así la Legio VII Gemina Felix (Septima Legión Gemela Feliz), y con ese nombre fue destinada a la Tarraconensis, para ocupar el solar que abandonó la Legio VI. Se levantó entonces un nuevo campamento que se convirtió en permanente y en el único que permanecería en Hispania hasta el fin del imperio romano. Su estabilidad, hasta su desaparición, en el siglo IV, propició el asentamiento, en sus cercanías de un barrio o pueblo, el Vicus ad Legionen situado en el actual Puente Castro. En él vivían los familiares de los legionarios y los artesanos que trabajaban para el campamento.

Esta breve introducción da una ligera idea de la riqueza patrimonial e histórica de la ciudad de León y su Vicus, aunque de momento sólo me he centrado en el período romano. En posteriores entradas tengo la intención de avanzar en la historia de esta denostada ciudad. Sin embargo, sólo con estos iniciales detalles, cualquiera con un mínimo de cabeza podría darse cuenta del potencial que guarda esta ciudad, potencial que, incomprensiblemente, no cuenta para aquellos que rigen nuestras administraciones, ya para ver algún signo de toda esta historia hay que sudar tinta, pues muy pocos restos permanecen visibles. León podría ocupar uno de los primerísimos puestos como ciudad arqueológica y cultural, gracias a un pasado único en España y, por obra y gracia de la inutilidad política cada día tiene menos posibilidades de disfrutar de las rentas de su riquísima herencia.

Muchas veces imagino que soy una de esas personas que visitan León con la intención de disfrutar de la huella de Roma. El museo de la ciudad podría ayudarme a satisfacer esa intención, pero sin duda necesitaría algo más: restos visibles por los que perderme, al igual que he hecho en otras ciudades romanas. Pronto descubriría, sin embargo, que este, en León, es un vano intento. Situándome en una de las entradas del campamento: la Porta Principalis Dextra, al principio de la actual Calle Ancha, comprobaría que el lugar sólo cuenta con la silueta de una caligae en el suelo y un mojón decorativo que explica lo que se encierra bajo el pavimento actual de la calle. ¡Qué le vamos a hacer!. Continuando la ruta hacia la Porta Principalis Sinistra, situada al lado de la Catedral gótica, me encontraría de nuevo con el dichoso trozo de piedra explicativo y con una cripta cerrada a cal y canto, bajo la que se encuentran los restos de dicha puerta y de las termas que acompañaron el ocio de los soldados y quizá también de los habitantes del Vicus.

La falta de restos arqueológicos va acompañada de una ausencia total de unos indicadores más sólidos que las diseminadas caligae, para guiar al visitante a través de las principales ubicaciones del campamento. Por esa razón, la visita, a partir de este punto, debe continuar un poco a tientas, eligiendo el camino que mejor nos parezca. Así, una opción, tan válida como cualquier otra, sería seguir la línea de murallas que antaño rodeaban el campamento. Hoy quedan pocos restos de la imponente cerca romana. Visible es un pequeño trozo de muralla en las escaleras que dan acceso a San Isidoro, algún que otro sillar insertado dentro de la muralla actual, de origen medieval, o en la llamada Torre de los Ponce. Siguiendo, pues este camino amurallado llegaremos al que, por ahora, es el único resto visible de la Legio VII: el depósito de agua de la Legio VI, que permanece a la intemperie, colmado de matojos, abandono y suciedad. A simple vista sólo es un desvencijado rectángulo de piedras al que sólo salva de la ignorancia la oportuna indicación que explica largo y tendido la historia del vilipendiado resto.

Dejando atrás el depósito de aguas, podemos continuar con nuestro paseo y nuestros descubrimientos adentrándonos otra vez en el recinto amurallado. De nuevo nos toca ir a ciegas. Sólo un visitante con algún conocimiento previo podrá llegar a buen puerto y acercarse, por ejemplo a Puerta Castillo, donde se encuentra un importantísimo yacimiento del que han salido cientos de lorigas o en el barrio de Santa Marina, los restos de lo que parece ser los Principia, o cuartel general de la Legio, desde los que el Legado gestionaba los asuntos del día. Ambos restos ni permiten el acceso a ellos, ni parece que vayan a ponerse en valor.

Por último, para encontrar una nueva indicación de la existencia de “algo” romano, tenemos que abandonar los muros y llegar a la calle Cascalerías. Allí se esconden los restos de un yacimiento único en Europa occidental: un anfiteatro militar. El mundo romano está lleno de anfiteatros civiles pero uno militar es una “rara avis” de la que, nuevamente León no puede presumir pues sus restos se encuentran cerrados a cal y canto bajo tres criptas que sólo se abren una vez al año, con motivo del Natalicio de las Aguilas. Claro está que su ubicación está señalizada con otro mojón de piedra, muy bonito, eso sí, situado en plena calle Cascalerías, la calle que dividía en dos el anfiteatro. Pero para ver el monumento hay que esperar al 10 de junio, fecha en la que se conmemora la fundación de la Legio VII y una gran masa de privilegiados espera pacientemente durante horas para poder disfrutar de algo que debería ser público, de visita diaria y bajo pago.

Con frustración y rabia sólo nos restaría encaminarnos a lo que fue el barrio, pueblo o villa del campamento militar: el Vicus Ab Legionem, situado en el actual barrio de Puente Castro. Nos encontraremos con un yacimiento abandonado. Todos reconocen,  aunque con la boca pequeña, su grandísima importancia, ya que vicus, en el mundo romano, los hay a patadas, pero vinculados a un campamento no tantos. Sin embargo, a la hora de la verdad, nuestros “inspirados” políticos practican con sorprendente maestría el dudoso arte de pasarse la patata caliente unos a otros. Se pretende desde hace tiempo realizar un nuevo acceso a León sobre los restos. Simulando que se respeta el Vicus, recientemente se ha planteado un paso elevado que supuestamente protegería el yacimiento pero, ¿qué efecto tendrá sobre las milenarias piedras la vibración constante del tráfico? Y si esa fuera la única solución (yo la sigo poniendo en duda), ¿cuándo se va a hablar de la puesta en valor de los restos?

Todo un cúmulo de despropósitos han sepultado un tesoro patrimonial bajo la ignorancia e incapacidad de todos los políticos que han pasado por el ayuntamiento o por la Junta de Castilla y León. Su cortedad de miras, su apuesta cortoplacista y en pro de su propio beneficio, han impedido que esta ciudad prospere al menos por el lado del turismo.

La rica historia de León se merece otra cosa. Las ciudadanas y ciudadanos de esta ciudad, nos merecemos mucho más.

 

 

LA CORONA Y SUS JOYAS

En mi artículo anterior quise centrar toda mi atención en la importantísima ciudad astur-romana de Lancia, yacimiento sobradamente valorado como uno de los más importantes de nuestra piel de toro, aunque olvidado por los oriundos, a pesar de su desaforada defensa de todo lo leonés. Es uno de esos misterios del proceloso mundo de la política y sobre todo del no menos intrigante del nacionalismo. En fin, allá ellos con sus neuras. Si el victimismo de acusar a todos de las propias desgracias, sin mirar la  inoperancia que las causa les resulta rentable, no voy a ser yo quien les quite la ilusión. Yo prefiero continuar con mi premisa, diametralmente contraria a la suya: creo que sólo es víctima quien cree serlo, sea porque es incapaz de ver más allá o sea porque tal visión le resulta rentable, para escurrir el bulto u obtener alguna que otra palmadita comprensiva en la espalda. Los demás somos hacedores de nuestro propio futuro y en nuestras manos está cambiar la realidad. Si los políticos se dedican a ejercer el “noble” oficio de la plañidera, alegando que no pueden hacer más o no pueden llegar más allá, las ciudadanas y los ciudadanos responsables tenemos que ser conscientes que si podemos ir más allá. En las urnas hemos votado a unos o a otros, pero, gobierne quien gobierne, nuestro voto no es un cheque en blanco para que hagan su santa voluntad. Si se equivocan, podemos y debemos hacérselo saber. Y si deciden cargarse nuestro pasado y nuestro futuro, también podemos actuar, con responsabilidad cívica, para protegerlo.

Con estas estoy, embarcada en una historia que a veces me resulta extraña, y otras, cuando veo la ilusión reflejado en el rostro de otras personas, importante. Quiero salvar el yacimiento arqueológico de Lancia para poder un día que espero no sea muy lejano, disfrutar paseando por toda la extensión de la antigua ciudad, disfrutando de sus templos, su foro, sus termas, su mercado y todo lo que nos deparen las futuras excavaciones, que sin duda sacarán a la luz grandes vestigios de la que fue la capital de los astures.

Sin embargo, a pesar de su gran importancia, Lancia no está sola. Es una gran promesa de futuro turístico y económico, pero tiene la gran suerte de ser una corona adornada con varias joyas, diseminadas a su alrededor. Y es que el yacimiento se encuentra situado en una de las zonas de la provincia de León más ricas en patrimonio y cultura. Entre el Esla y el Porma se encuentran diseminados otros restos que, unidos a la ciudad astur-romana, forman un conjunto indisoluble que haría las delicias de cualquier turista, proyectando la provincia a las más altas cimas de la cultura. Una somera enumeración de estos restos bastará para darse cuenta de las posibilidades turísticas que encierran:

  • Iglesia paleocristina de Marialba de la Ribera: queda un poco alejada de Lancia, pero se trata de otro yacimiento sumamente importante en la historia de España, que sólo cuenta con unos cuatro representantes de arquitectura paleocristiana. Al igual que Lancia, su posición fundamental en la historia de nuestro país, e incluso en la Europea, no le sirve para escapar de la desidia y necedad política.

Data del siglo IV, cuando Lancia se encaminaba a su fin y los cristianos comenzaban a gozar de libertad religiosa, lo que les permitía construir sus templos sin peligro. Nacía así un arte nuevo, el Paleocristiano, que se extendió, por el Imperio Romano de Occidente hasta la destrucción de este a causa de las invasiones bárbaras. De este arte cristiano primitivo quedan en Europa muy pocos restos, entre los que destaca, en León, esta iglesia que, pese a su importancia, ni se restaura, ni se explota para el turismo. Al igual que Lancia, es Bien de Interés Cultural desde 1985, contando además con la categoría de Monumento Histórico-Artístico y Arqueológico por Real decreto de 1979.

Antes de la crisis se intentó poner en valor, pero ya se han detenido todas las excavaciones, con lo que el yacimiento vuelve a estar olvidado, desaprovechando todas las oportunidades que podía ofrecer al turismo y al empleo. Se trata de una iglesia única en el norte de España por su carácter martirial, es decir, asociada al martirio de algún santo. Se trataría, en este caso del prior San Ramiro y de doce monjes del monasterio benedictino de San Claudio de León, asesinados en el siglo VI por orden del rey suevo Reciliano.

  • Monasterio de San Miguel de Escalada: En el siglo X se produjeron en Córdoba una serie de persecuciones contra los cristianos que provocaron la emigración de varios de ellos. A León llegaron unos cuantos, siguiendo al abad Alfonso y se asentaron en esta zona de la provincia. Sobre una iglesia visigoda, destruida por los musulmanes en el siglo VIII, construyeron este precioso monasterio mozárabe. Como anécdota hay que señalar que se construyó con “materiales reciclados”, entre los que se encuentran restos de la propia Lancia.

También sufrió los estragos de la desamortización que lo sometió al olvido. La parte monástica se perdió por completo, permaneciendo en pie la iglesia.

En 1886 fue declarado Monumento Nacional, y es el único que afortunadamente ha sido puesto en valor.

  • Monasterio de San Pedro de Eslonza: Fue en sus días el segundo más importante de la provincia, tras San Benito de Sahagún. Hoy es una completa e imponente ruina y, por supuesto, no cuenta con ningún interés por parte de las instituciones.

Fue fundado en el año 912 por el rey García I de León y destruido por Almanzor en el año 988. La infanta Urraca, hija de Fernándo I lo reedificó en el año 1099 y le concedió numerosas donaciones, una vez se convirtió en corregente de León y Castilla.

De nuevo la desamortización de Mendizábal provocó su abandono y el inicio de su ruina. Gran parte de las obras de arte que contenía se perdieron, a pesar de su declaración en 1931 de Monumento Histórico Artístico Nacional. Lo poco que nos queda de este impresionante monasterio, son sus ruinas, diversos cuadros y mobiliario desperdigados por los pueblos de la zona y sobre todo sus portadas integradas en la iglesia de San Juan y San Pedro de Renueva de León. Estas portadas fueron trasladadas a la iglesia capitalina por el Obispo Luis Almarcha que construyó dicha iglesia a mediados del siglo XX.

  • Monasterio de Santa María de Sandoval: construido sobre unos terrenos donados por Alfonso VII en 1142 a unos monjes venidos del monasterio de La Espina (Valladolid), se mantuvo habitado hasta el 1835, año en el que sufrió los estragos de la desamortización de Mendizábal, que lo condenó al abandono. Fue declarado Monumento Histórico el 3 de junio 1931, y hoy permanece en estado de semiruina, y por supuesto, sin explotar turísticamente.

Aparte de estas joyas arquitectónicas, la zona está plagada de pequeñas iglesias románicas, que amplían de forma considerable la oferta cultural y turística. Esto supone una enorme promesa de futuro que hoy en día se está desdeñando de una forma inconsciente.

Una buena planificación, la restauración de estas obras y su explotación para el turismo, generarían una considerable riqueza para todos los pueblos de la zona. Hoy es un territorio empobrecido y olvidado, con pocas expectativas. Sin embargo, ningún grupo político se para a pensar que en el cuidado y potenciación del pasado, se haya un rico y prometedor presente. Quizá porque esos grupos tienen una memoria que no dura más de cuatro años y no abarca otra cosa que sus propios intereses y egoísmos.

Esos que dicen representarnos, evidentemente sólo se representan a ellos mismos. El resto no vivimos en sus planes.

 

 

RENASCENTIS LANCIA

Entre los ríos Esla y Porma se asentó, probablemente en el Paleolítico, un pequeño grupo humano que comenzó a desarrollar su vida en esa zona de León. Poco a poco fueron haciéndose sedentarios y fundaron un poblado que creció lentamente con el correr de los siglos.

De la vida de estas gentes poco se sabe, pues sus restos aún permanecen bajo la tierra que les sirvió de casa. Se han rescatado unos pocos objetos procedentes de la Segunda Edad del Hierro, que nos permiten hacernos una ligera idea de su modo de vida. El resto queda en manos de la fantasía. De esta manera podemos imaginarnos su día a día y, sobre todo, el impacto que tuvo en ellos la llegada de un ejército bien organizado y perfectamente armado. Los astures de aquel poblado sin duda plantaron cara para conservar su tierra y su modo de vida, tal como hicieron tantas otras tribus peninsulares  antes y después de ellos. Pero de poco les sirvió, pues en el año 26 o 25 antes de Cristo, el general romano Publio Carisio tomó la ciudad, sometiéndola para siempre a las águilas de Roma. Aquel poblado astur entró entonces de lleno en la historia, y para ello tuvo el honor de contar con las crónicas de varios historiadores  y tratadistas romanos: Floro, Orosio, Dión Casio, Ptolomeo y Plinio. Todos ellos calificaron aquel poblado como la más importante de las ciudades astures o como la capital de los astures.

La conquista, a decir de estas fuentes clásicas, no supuso la destrucción de la ciudad y esta pronto se convirtió en romana, con el nombre de Lancia. Creció durante la época dorada del Imperio y  probablemente desde fines del s. I o principios del s. II, en plena dinastía flavia, alcanzó el grado de municipium flavium, categoría deducida por la trayectoria del lanciense Lucius Iunius Maro, que hizo carrera en la administración hispano-romana, y por los tipos de edificaciones públicas que hoy conocemos en la antigua ciudad. Este periodo es el que marca, también, el auge de las construcciones públicas, la red de alcantarillado y el urbanismo general, de planta reticular.

Sin duda aquella ciudad llegó a ser magnífica durante el Alto Imperio. Sin llegar a las dimensiones de la capital de la provincia, Tarraco o la del conventus, Asturica, Lancia alcanzó gran notoriedad e importancia, probablemente por la cercanía del campamento de la Legio VII. Sin embargo, la decadencia del Imperio y la transición al feudalismo le pasó factura, como al resto de ciudades romanas. La inseguridad de los tiempos provocó que los notables de cada ciudad dejaran poco a poco de sufragar los edificios públicos y, sobre todo, que emigraran al campo con sus esclavos y colonos, para establecerse en suntuosas villas como la de Navatejera o La Olmeda. La proliferación de estas villas supuso el fin del rico mundo urbano romano y el comienzo del feudalismo medieval.

Lancia se sumió en el olvido a partir del siglo IV, y hasta el siglo XVI no vuelven a existir menciones sobre su existencia. En el XIX se reconoce su importancia como resto arqueológico de primer orden por varios arqueólogos e investigadores, y comienzan a impulsarse las excavaciones. Pero los inconvenientes burocráticos y monetarios no permitieron ir más allá de la declaración de Bien de Interés Cultural con categoría de Zona Arqueológica en 1994. Dicho título debería haber asegurado, por lo menos, la protección del monumento, pero el desinterés administrativo y ciudadano han ido minando poco a poco la grandeza e importancia de este enclave fundamental en la historia de nuestra provincia, dejándolo a merced de expoliadores desaprensivos que sólo tienen que vencer la endeble resistencia de una verja incapaz de proteger la ciudad.  Lancia ha esperado inútilmente su renacer para asombro y goce de todos los que queremos admirarla. Las administraciones la ignoran hasta tal punto que deciden trazar una autovía, la León-Valladolid sobre la llamada Sublancia, barrio industrial situado a los pies de lo que podíamos llamar, el “centro” de la ciudad. Sólo continúan, y a desgana, las excavaciones en ese “centro”, que sigue deparando sorpresas cada campaña, dando año a año, sobradas muestras del valor inmenso de la ciudad.

Nadie niega la importancia de la autovía, pero existen alternativas a su trazado. No puede ser que, desde la Junta de Castilla y León se argumente con un cinismo inclasificable que tapar los restos para construir la carretera va a servir para proteger Lancia. ¿Desde cuando algo que se oculta se protege? ¿Acaso el continuo trasiego de vehículos sobre las milenarias piedras va actuar como una vacuna contra el deterioro? Rotundamente no. Lo que la Junta de Castilla y León propone es ni más ni menos la destrucción y el completo olvido de Lancia. Si se tapa Sublancia por una obra de la envergadura de una autovía, no sólo se perderá una parte fundamental de la ciudad, sino que, sin duda, la construcción afectará, de forma muy negativa al resto del yacimiento. Esto implica que la decisión de la Junta y de Fomento de continuar con la A-60 es desastrosa y por lo tanto, incumple el Real Decreto Legislativo 1/2008, de 11 de enero, por el que se aprueba el texto refundido de la Ley de Evaluación de Impacto ambiental de proyectos. Basta con prestar atención a los siguientes artículos de dicho Real Decreto:

3. La evaluación del impacto ambiental identificará, describirá y evaluará de forma apropiada, en función de cada caso particular y de conformidad con esta Ley, los efectos directos e indirectos de un proyecto sobre los siguientes factores:

a. El ser humano, la fauna y la flora.

b. El suelo, el agua, el aire, el clima y el paisaje.

c. Los bienes materiales y el patrimonio cultural.

d. La interacción entre los factores mencionados anteriormente.

DISPOSICIÓN FINAL TERCERA. Incorporación de Derecho de la Unión Europea.

Mediante esta Ley se incorpora al derecho español la Directiva 85/337/CEE, del Consejo, de 27 de junio de 1985, relativa a la evaluación de las repercusiones de determinados proyectos públicos y privados sobre el medio ambiente.

ANEXO I.

Proyectos contemplados en el apartado 1 del artículo Ubicación de los proyectos: La sensibilidad medioambiental de las áreas geográficas que puedan verse afectadas por los proyectos deberá considerarse teniendo en cuenta, en particular:

a. El uso existente del suelo.

b. La relativa abundancia, calidad y capacidad regenerativa de los recursos naturales del área.

c. La capacidad de carga del medio natural, con especial atención a las áreas siguientes:

1. Humedales.

2. Zonas costeras.

3. Áreas de montaña y de bosque.

4. Reservas naturales y parques.

5. Áreas clasificadas o protegidas por la legislación del Estado o de las Comunidades Autónomas; áreas de especial protección designadas en aplicación de las Directivas 79/409/CEE del Consejo, de 2 de abril de 1979, y 92/43/CEE del Consejo, de 21 de mayo de 1992.

6. Áreas en las que se han rebasado ya los objetivos de calidad medioambiental establecidos en la legislación comunitaria.

7. Áreas de gran densidad demográfica.

8. Paisajes con significación histórica, cultural y/o arqueológica

O lo que es lo mismo: la A-60 afectará directa e indirectamente al patrimonio cultural que es Lancia.

Esta es la razón por la que, harta de la dejadez de las administraciones, he decidido poner en marcha una campaña de recogida de firmas por Internet para que el mayor número posible de personas se implique de forma activa en la protección de un patrimonio que es de todos. Los españoles tenemos la mala costumbre de protestar de puertas adentro y de lamentar lo perdido, por mucho que no hayamos luchado por ello. Ahora aún es posible hacer algo. Aún se puede luchar por un yacimiento que lleva siglos olvidado, esperando que los descendientes de los que lo habitaron luchen por sus restos. Lancia debe renacer renovada, fuerte y llena de luz para que todas las personas que quieran alimentar sus mentes con su contemplación puedan disfrutarla en todo su esplendor.

Podemos visitar Clunia, Emerita, Tarraco, Cartago, Segóbriga, etc. pero somos muchos los que también queremos ver la capital de los Astures, y ningún político deseoso de enriquecerse con una autovía, nos lo puede impedir. El político se debe a su cargo y a los ciudadanos a los que sirve, y la mejor forma de servirnos es mirar más allá de los cuatro años de su cargo. El deber de Fomento, de la Junta de Castilla y León y de Diputación de León es conservar Lancia para las generaciones futuras, como fuente de progreso y empleo, pues el desarrollo cultural y turístico del yacimiento, unido a los impresionantes restos monásticos de la zona de Mansilla, es un tesoro patrimonial y económico de valor incalculable.

Ahora podemos hacer algo. Los ciudadanos tenemos voz y voto siempre, no sólo en época electoral. Y si nuestra voz es unánime, Lancia renacerá para disfrute estético y desarrollo de León. Firmemos todos en este enlace para ser parte activa de nuestro futuro:

http://www.change.org/es/peticiones/diputación-de-león-y-junta-de-castilla-y-león-conservar-la-ciudad-astur-romana-de-lancia-para-convertirla-en-un-museo?utm_campaign=petition_created_email&utm_medium=email&utm_source=guides