DESPUÉS DE ROMA

 images-1La crisis del Imperio Romano, acentuada a partir del siglo V, provocó la descomposición de su parte occidental. Las continuas guerras entre los aspirantes al trono provocaron el desamparo de las provincias, un descenso de la producción y un aumento de los impuestos. La población ya no puede pagarlos y ante la angustiosa situación, los pequeños propietarios rurales ceden sus propiedades a los grandes terratenientes, acogiéndose a su protección como colonos que trabajan las que antaño eran sus tierras. Estos grandes terratenientes comienzan a formar una nobleza exenta del pago de impuestos y dotada de un pequeño grupo armado que les defiende, y les permite ejercer, en esos tiempos de incertidumbre, como “funcionarios” oficiosos de un Imperio que se desmorona.

En las ciudades, los artesanos, oprimidos por el fisco y por la escasez de dinero, abandonan sus trabajos y se van al campo para ponerse, al igual que los minifundistas, al servicio de la nueva nobleza agraria, como campesinos o como soldados. También los grandes dignatarios urbanos abandonan las ciudades y se establecen en sus villas rurales, dejando que la ciudad pierda su antiguo carácter de centro administrativo. Sólo permanecerá el religioso, a manos de los obispos que comienzan a formar una nueva clase social privilegiada. La sociedad se ruraliza y camina imparable hacia el feudalismo.

En la actual ciudad de León, el campamento militar de la Legio VII se abandona, muchos edificios desaparecen, y los que quedan en pie, las termas y los principia, son ocupados por civiles, que los utilizan como vivienda.

imagesEste proceso de descomposición se ve acelerado por la llegada de los pueblos bárbaros. Hispania sufrirá las invasiones de los Suevos, los Vándalos y los Alanos. En principio estas tribus se dedicarán a realizar distintas escaramuzas en busca de botín, pero, poco a poco, se asentarán en la península, también en las zonas rurales y como grandes propietarios, al igual que la nobleza de origen romano. Se inicia así un largo período de inestabilidad, guerras y hambrunas.

Los encargados de solucionar la crisis de Hispania fueron los Visigodos, pueblo bárbaro asentado en Aquitania, a cambio de tierras, como federados de Roma. Los Visigodos resultaron ser muy efectivos, destruyendo a los alanos, obligan a los vándalos a cruzar el estrecho de Gibraltar y tomando posiciones frente a los territorios controlados por los suevos (la Galaecia) y los vascones, pueblo que nunca fue del todo romanizado.

En el año 476, el Imperio Romano de Occidente desaparece y los Visigodos se encuentran entonces como amos y señores de una parte importante de ese imperio: parte de la Galia y de Hispania. La primera, sin embargo, deben abandonarla ante el empuje de los francos y los burgundios, lo que les obliga a centrarse en Hispania. Sin embargo, no parecían tener en mente un asentamiento sólido, pues volvieron a actuar como tropas auxiliares, esta vez del rey ostrogodo Teodorico el Grande que desde Italia soñaba con restaurar el poder del desaparecido Imperio.

Los sueños de Teodorico fracasaron con la rápida intervención del Imperio Bizantino (Imperio Romano de Oriente) que, cómo no, también soñaba con la restauración. Los visigodos se quedan sin amo, vuelven a ser independientes y ya comienzan a centrarse en la Península, lo que provoca enfrentamientos entre sus propios jefes militares, de manera que antes de la fundación del Reino de Toledo, Hispania se dividió en cinco “trozos”: la Bética, ocupada por los Bizantinos a petición del jefe visigodo Atanagildo que pretendía el trono y les llamó en su ayuda; Galaecia en manos de los suevos; las tribus de las montañas (cántabros y vascones) que no reconocen ninguna autoridad; y el centro y parte del mediterráneo ocupado por los visigodos y las tribus íberas, reticentes a aceptar el poder de estos últimos.

En el año 555 Atanagildo, con la ayuda de los Bizantinos, se convierte en rey y establece su capital en el centro de la Península, en Toledo, iniciando así la construcción de un nuevo estado que culminó con Leovigildo, englobando a los hispanoromanos, a los que necesita para la construcción de ese  nuevo estado y para garantizar un cierto orden. Promulgó leyes para todos sus súbditos, visigodos e hispanorromanos e intentó forzar la unidad religiosa, imponiendo el arrianismo. Esto supuso la fuerte oposición del ya poderoso clero católico, de los suevos de Galaecia y de su propio hijo, Hermenegildo, convertido al catolicismo.

DownloadedFileA pesar de este fracaso, Leovigildo muere logrando la expulsión definitiva de los suevos y la construcción de una base estable para la consolidación del nuevo estado en manos de su hijo y sucesor Recaredo, que culminó la definitiva unión de visigodos e hispanorromanos en el III Concilio de Toledo, donde se convirtió al catolicismo, de manera que esta religión acabó siendo la oficial del nuevo reino. A partir de este momento, los visigodos se convierten en los defensores y gobernantes de Hispania, mientras que los hispanorromanos, culturalmente más avanzados, pondrán sus conocimientos al servicio del Estado, reconocerán al rey como jefe de la iglesia y los obispos llevarían sus leyes al pueblo.

La sociedad visigoda era más bien rural y comenzó a estructurarse de una forma que daría lugar al feudalismo. Existían en el campo grandes latifundios controlados por una nobleza de origen romano, que continuaba manteniendo el poder económico una vez perdido el político en manos de los nuevos amos. Bajo esta nobleza se situaba un estamento eclesiástico, con los obispos a la cabeza, que poseían grandes propiedades. Bajo estos grupos se encontraba el campesinado, sometido a los anteriores.

La monarquía visigoda nunca tuvo un control efectivo de la Península, pues la nobleza rural y los obispos acabaron teniendo competencias fundamentales como la recaudación de impuestos y la justicia. Esta debilidad de los reyes visigodos culminó con la rápida conquista musulmana en el año 711, que en solo tres años logran dominar todo el territorio, excepto la zona montañosa de la actual Asturias.

De todo este período no quedan muchos restos en León, sólo unas pequeñas piezas expuestas en el museo de la ciudad, la mayoría procedentes de la provincia. Quedan muchas excavaciones por hacer, sin duda, ya que, a pesar del abandono de las ciudades, en el León de la época se realizaron construcciones religiosas, como la iglesia de San Marcelo o el convento de San Claudio. Ambas construcciones se situarían fuera de la muralla romana, en lo que, a fin de cuentas, era una zona rural. No se conservan restos de las construcciones originales aunque la actual iglesia de san Marcelo se mantiene en la ubicación original, mientras que la iglesia de San Claudio se sitúa en la actualidad en un lugar diferente al original.

El período visigótico no es un momento demasiado luminoso para esta provincia, sólo un paréntesis entre la luz de Roma y el futuro reino de León del que iremos hablando poco a poco.

 

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