PEQUEÑO CUENTO DE GENTES SENCILLAS

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Érase una vez un pequeño mundo en el que habían coincidido una serie de personas sencillas, tras una larga vida de trabajos y esfuerzos. Sus vidas eran sencillas, tranquilas, sin grandes sobresaltos ni preocupaciones.

Cada año, estas personas sencillas, se entregaban a una serie de actividades, dependiendo de sus gustos o necesidades. Y cada año, disfrutaban exponiendo estas actividades a unas personas muy importantes, de las que al parecer, dependían y a las que, al parecer, debían todo lo que tenían. Aquel día era una fiesta para aquellas gentes: personas muy importantes se acercaban a su mundo, les hablaban, les escuchaban… ¡Cuánta amabilidad!

Pero ocurrió un día que una sombra negra y despiadada comenzó a extenderse por doquier, ampliando sus tentáculos hasta el pequeño mundo de las personas sencillas. La sombra negra anunciaba miedo, pobreza, tragedias sin fin. Las personas importantes estaban asustadas. Esa fuerza terrible e imparable les impedía dedicarse a su gran vocación: el servicio a las personas sencillas, para buscar su mayor bien, bienestar y prosperidad. La situación creada por esos negros presagios les obligaba, muy a su pesar, y con terrible dolor de sus generosos corazones, a exigir a esas gentes sencillas sacrificios y restricciones. Había que contribuir mucho y más. Y nadie podía librarse, así que la sombra entró de lleno en el pequeño mundo de las gentes sencillas, obligándoles a rascarse más el bolsillo. El golpe fue duro, pero había que hacerlo. Las gentes sencillas tendrían que perder mucho, incluso irse de su pequeño mundo, pero… ¡El bien común!

Y llegó el gran día. Las gentes importantes ajustaron sus ajustadas agendas para visitar aquel pequeño mundo. Llegaron con sus bonitos coches oficiales, que conducían sus respectivos chóferes. Se rodearon de cámaras, micrófonos que dejaran constancia de sus desvelos y gran interés por el bien de todas aquellas personas, y entraron en aquel pequeño mundo con sus mejores sonrisas, y la intención de repartir parabienes, besos y bellas palabras con todos.

Pero las gentes sencillas no hablaron, no miraron, no saludaron. Haciendo gala de una dignidad encomiable, dieron la espalda a quienes, haciendo del cinismo su bandera, pretendían enmascarar su mal hacer con máscaras de hipocresía. Nadie insultó, nadie abucheó, nadie se quejó, nadie pidió explicaciones, pero todos mostraron su desprecio, su hartazgo hacia quienes, creyéndose los amos y señores de vidas y bienes, actúan a su antojo para preservar sus privilegios, sus importantísimos dineros, caiga quien caiga. Las gentes sencillas dieron un ejemplo de cordura, de corrección, de educación y de grandeza. Con elegancia sacaron los colores de las personas importantes, que se vieron obligadas a irse, con el rabo entre las piernas, en sus flamantes y nuevos coches oficiales, sin haber logrado su objetivo de ser los más buenos, los más listos y los mejores gestores, ante unos periodistas asombrados que se vieron sin foto y sin noticia de prestigio.

Esta historia, realizada en forma de cuento, refleja un hecho real. Unos ciudadanos, mancillados por una gestión injusta e impresentable, que prima el egoísmo personal de los polítcos, se han enfrentado con dignidad y firmeza silenciosa a esos políticos que les han mentido y que les roban y estafan con guante blanco. No hubo necesidad de insultar o de enfadarse para mostrar la rabia y la frustración que una gestión nefasta e hipócrita les ha generado. El silencio ha bastado para dejar constancia de su decepción, de su negativa a soportar una sola mentira más. Estas personas, ciudadanos como nosotros, son un ejemplo a seguir. No necesitamos, como hicieron ellos, insultar o gritar. Podemos, simplemente, dar la espalda a los que quieren “salir en la foto” a costa nuestra, y luego podemos pedir cuentas en las urnas, votando con cabeza y mostrando esta misma dignidad. Es hora de mostrar nuestro amor propio, nuestra capacidad de discernimiento. De nosotros depende tener buenos gestores o no. Si miramos a otro lado o si nos conformamos les damos alas para seguir mintiendo, incumpliendo por sistema y con desfachatez sus programas electorales. Es nuestra actitud la que les da alas, la que les da la justificación para seguir manteniendo sus prebendas con nuestros escasos ahorros.

Si me engañas una vez, tuya es la culpa. Si me engañas dos, es mía. Así reza un antiguo proverbio, y así nos toca actuar: actuemos con dignidad pidiendo explicaciones, frenando la egolatría de quienes sólo están para servirnos, y actuando en las urnas tal como Rosa Díez dijo varias veces: con autoestima.

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